El secuestro aéreo más largo de Colombia

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Noventa Años de Aviación Civil en Colombia

Llegó el dinero

Los pasajeros se pusieron muy contentos. «Caramba, por fin va a llegar el dinero —pensaban—». Pero lo que no sabían era que el capitán Lucena estaba ganando tiempo para que no volaran el avión o mataran a los rehenes. Les había dicho a los secuestradores que ya todo estaba listo para entregar los 50.000 dólares; pero lo cierto es que a esa hora ni siquiera estaba el dinero recogido.
 
Pasaron los diez minutos… media hora… las horas. Los encapuchados volvieron a ponerse nerviosos. Miraban constantemente por la ventanilla y no descuidaban la radio.
 
Ya era de madrugada y algunos pasajeros dormían. Pero los secuestradores no; en ningún momento cerraron los ojos y sin embargo se veían frescos como lechugas.
 
A las 2.45 de la mañana se vieron movimientos en la cabina. El capitán Lucena, sonriente, señaló un par de punticos que se acercaban, uno de ellos con un maletín de cuero en la mano. Pronto se supo que eran funcionarios de Sam.
 
De inmediato los secuestradores tomaron de rehenes a las dos azafatas y a un auxiliar de vuelo joven y rubio (Tulio Lozano). Abrieron la puerta, bajaron la escalerilla y los pasajeros vieron cuando los dos hombres de la empresa dejaban el maletín en el suelo. El jefe les hizo señas de que se alejaran y ellos obedecieron.
 
Entonces bajó Nancy, mientras los encapuchados encañonaban a su compañera y al auxiliar de vuelo. La azafata volvió a subir, un poco encorvada por el peso del maletín. Allí mismo, el jefe le dijo que lo abriera. Y la pistola le apuntaba a la cabeza. La azafata lo abrió y los pasajeros contuvieron el aliento. «Si se les ocurrió preparar una jugarreta —pensó Lombana—, si no hay dinero sino papeles o ladrillos… ¡nos matan a todos!»
 
«Saque lo que haya ahí…» ordenó el secuestrador, no bien el maletín fue abierto. Nancy le pasó, uno tras otro, tres grandes fajos de billetes. Eran dólares, efectivamente. El hombre sólo los miró y los dejó caer de nuevo en el maletín. Su voz no denotaba ninguna emoción cuando dijo. «Ciérrelo de nuevo… está todo correcto». Todos se tranquilizaron nuevamente.
 
Cambio de tripulación

Después de la entrega del dinero, vino el cambio de tripulación. Hicieron subir de uno en uno a los miembros de la tripulación de relevo, y mientras uno de los encapuchados los encañonaba, el otro los requisaba. A los hombres, bajo el quepis, en los bolsillos de la camisa, bajo las charreteras, dentro de los zapatos. A las mujeres, como si fueran hombres. Con mucho respeto, eso sí, pero no se quedaron sin requisar. Cuando estaban todos arriba, dejaron bajar la valiente tripulación que había acompañado a los secuestrados hasta entonces. Las azafatas dijeron adiós con la mano, y el capitán Lucena, al salir, no parecía cansado. Sólo dijo: «Feliz viaje… espero que estos señores cumplan lo prometido…».

El capitán Jorge Lucena, a su regreso de Aruba, tras ser reemplazado en el comando del avión secuestrado
El capitán Jorge Lucena, a su regreso de Aruba, tras ser reemplazado en el comando del avión secuestrado.
Foto: Revista Cromos.
El comandante Hugo Molina
El comandante Hugo Molina, que sustituyó el capitán Lucena en Aruba.
Foto: Archivo El Tiempo.
María Alexis Arango y Nancy Celis Villarreal
María Alexis Arango y Nancy Celis Villarreal, dos de las azafatas del HK-1274.
Foto: Revista Cromos.
 
 
Magola González, María Eugenia Gallo y Edilma Pérez, las tres azafatas de la tripulación de relevo 
Magola González, María Eugenia Gallo y Edilma Pérez, las tres azafatas de la tripulación de relevo.
Foto: Archivo El Tiempo.
Lo prometido era la libertad de los rehenes, ahí mismo en Aruba. Sin embargo, los secuestradores pronto acabaron con esa ilusión. «Dentro de dos horas ustedes estarán en libertad —dijo el jefe, mirando a los hombres—» y dejó bajar a las dos últimas mujeres que aún quedaban en el avión.
 
A partir de ese momento, sólo quedaban 23 hombres a bordo de la nave. A las 3.30 de la madrugada, uno de los encapuchados, poniéndole al capitán Hugo Molina la pistola en la nuca, le dijo: «Despegue… luego le digo para dónde vamos». Cuando el avión llevaba unos diez minutos de vuelo el secuestrador de más baja estatura apareció en la puerta de la cabina de mando con un sombrerito costeño sobre la capucha. Su aspecto era tan cómico que los hombres no pudieron evitar una sonrisa. Los miró muy serio, pero no se quitó el sombrero. El capitán Molina se presentó por el altavoz e hizo votos para un viaje feliz. Pero poco después la nave entraba a una zona cubierta de nubes, donde saltaba como caballo encabritado.
 
Los pasajeros abrieron las cortinas y por el paisaje que desfilaba abajo comprendieron que estaban en el Sur, más o menos por Nariño, saliendo al Ecuador. Algunos reconocieron a Ipiales, allá muy abajo.
 
Mientras volaban sobre la selva ecuatoriana tuvieron más miedo que nunca, porque hasta los secuestradores estaban asustados. El capitán Molina no conocía la ruta (ni ningún otro piloto de Sam, pues la compañía no volaba al Ecuador). El avión daba bandazos de un lado a otro, traqueaba, caía en un vacío para volver a caer en otro peor. Entonces le estallaron los nervios a un señor de adelante y comenzó a llorar, a preguntarle a la azafata cuándo llegarían, a pedir pastillas y a fumar, a fumar como murciélago.  
 
De pronto, amaneció. El avión, para colmo de males, fallaba de uno de los cuatro poderosos motores Allison, que estaba como cansado de tanto trabajar. Ya eran las siete pasadas cuando atravesó la última cortina de nubes y salió al Pacífico. Frente a él estaba Guayaquil.
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5 Comentarios

  1. Pedro Gracia julio 22, 2020 Responder
    • jairo payan septiembre 17, 2020 Responder
  2. NÉSTOR CLAVIJO julio 25, 2020 Responder
  3. Pedro Gracia octubre 21, 2020 Responder
  4. Pedro Gracia octubre 21, 2020 Responder

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