El secuestro aéreo más largo de Colombia

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Noventa Años de Aviación Civil en Colombia

¿Esquimales?

Los pasajeros tenían una inquietud: ¿de dónde eran los secuestradores? ¿Esquimales, acaso? ¿Entonces por qué no sentían o no parecían sentir el calor abrazador de dentro del avión? El hombre alto, el jefe, vestía pantalón gris a rayas, medias grises, zapatos negros y suéter de lana gris; el otro, un saco color atabacado («café», en Colombia) ¡y no se lo quitaron en ningún momento!, a pesar de que varias veces se cambiaron de ropa.
 
Las azafatas racionaron el pan y el agua. Sólo unos vasos por día y unos cuantos panes. Al medio día los pobres secuestrados ya no sabían si estaban en un avión o dentro de una gigantesca olla de presión puesta al fuego. Aun así, a Hernando Jiménez, el Patas, todavía le quedaba aliento para bromear: caminaba batiendo una bandeja en la mano a modo de abanico diciendo: «A peso la “ventiadita”…».
 
Las que más sufrían ahora eran las mujeres. Iban sólo tres: la esposa de Álvaro Lloreda, hijo del propietario del diario El País (María Antonia), una de gafas cuadradas (Silvia Betancur) y otra muy bonita a quien tomaron como rehén (Reina Luna). Como a eso de las 2.30 de la tarde la desesperación llegó al límite, se quebró y vino luego una gran tranquilidad, verdadera paz. Los que pudieron dormitaron con el rostro sudoroso pegado al asiento. Así dieron las cuatro.
 
En ese momento el ciclista José Barreto se levantó a hablar con el jefe de los secuestradores. Discutieron. Barreto le mostró un carné. «Somos ciclistas… de la liga del Valle…Vamos a competir en el Clásico RCN… Ayúdenos a no perder esta oportunidad…».
 
No hablaron más de cinco minutos. El jefe hizo bajar la escalerilla. Rateguí se paró, sonámbulo de tanto dormir. Carlos Montoya renació, recuperó el color perdido entre Pereira y Medellín… y los ciclistas salieron de la aventura. Durante las próximas horas iban a salir muchos más. La puerta se cerró.
 
 
 Grupo de ciclistas de la Liga del Valle, liberados en Aruba
Grupo de ciclistas de la Liga del Valle, liberados en Aruba.
Foto: archivo El Tiempo.
Germán Murillo, el ingeniero de vuelo, fue quien protagonizó el incidente más grave con los secuestradores: uno de ellos le ordenó bajar la puerta principal para dejar bajar a los ciclistas, pero estaba atascada porque los mismos encapuchados la habían operado mal en ocasiones anteriores. El segundo oficial de a bordo le explicó lo que sucedía, pero violentamente el secuestrador se le acercó y le ordenó de nuevo que la bajara mientras le ponía la pistola en el cuello. «Pero, señor —dijo el ingeniero—, ¡está trabada!» Entonces, enfurecido, el secuestrador le dijo: «Váyase» y le dio un puñetazo en la cara.
 
Entre tanto, la situación para el resto de los pasajeros se tornaba más tensa y peligrosa ante las amenazas de muerte de parte de los secuestradores. Así que en la salita de forma de herradura de la cola del avión se consolidó un plan de fuga o de ataque. Allí había una portezuela de emergencia muy bien mimetizada. Los secuestradores jamás se acercaron a la salita, quizá porque tenían algo de miedo o pensaban que los atacarían los pasajeros que allí permanecían; y en efecto, ése era el plan, ante el menor descuido de aquéllos. No obstante, los pasajeros de esa área previeron otra alternativa: la huida intempestiva y colectiva. Se corrió la voz y el secreto se mantuvo. El ingeniero de vuelo, aprovechando que los secuestradores le habían ordenado sentarse con los pasajeros en la salita, comenzó a manipular el mecanismo de la portezuela de emergencia. Los ciclistas ya estaban lejos, ya eran apenas unos punticos que se perdían en el horizonte, cuando ambos secuestradores entraron en la cabina y el avión prendió motores y comenzó a moverse.
 
De pronto Ospina empujó la puerta de un golpe. Ya el avión rugía. Cuando entró la luz exterior se coló un ruido feroz en la parte de atrás del avión. Los dos encapuchados debieron de darse cuenta. Sin embargo, para no atraer la atención de éstos, volvió a acomodar la puerta en su lugar; pero luego desistió y la gente comenzó a lanzarse al vacío en tropel. ¡El sueño de fuga se había hecho realidad!
 
Con la brisa fresca que entraba por la puerta trasera de emergencia, abierta de prisa, Guillermo Lombana, juez de llegada del Clásico, pensó: «¡Conque me dejaron…!  ¡Después que yo…!». Inútilmente se repetía que una fuga era una fuga y que él no había estado cerca de la salita. Estaba muy amargado. En la cabina apareció el encapuchado más alto, que caminó hacia atrás. De pronto notó la puerta abierta, las sillas silenciosas y la ausencia de gente. «¡Se fueron…! ¡Se fueron…!», gritó. Y en la voz se le notaba una inmensa furia.
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5 Comentarios

  1. Pedro Gracia julio 22, 2020 Responder
    • jairo payan septiembre 17, 2020 Responder
  2. NÉSTOR CLAVIJO julio 25, 2020 Responder
  3. Pedro Gracia octubre 21, 2020 Responder
  4. Pedro Gracia octubre 21, 2020 Responder

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