El secuestro aéreo más largo de Colombia

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Noventa Años de Aviación Civil en Colombia
Cuando los pasajeros creyeron que los matarían
 
En ese momento todos los pasajeros pensaron que los iban a matar. Ellos no habían visto enojados a los secuestradores hasta ahora. El jefe hablaba masticando las palabras y temblaba de la ira. Esgrimía la pistola con el dedo central en el gatillo y el índice sobre el cañón corrigiendo la puntería. Tomó a Nancy Celis, una de las azafatas, del brazo, la obligó a cerrar la puerta y luego le acomodó el cañón de la pistola sobre el ojo derecho. Todos los pasajeros dejaron de respirar…
 
«Por vos se volaron —dijo—. Al próximo que lo intente… ¡lo mato!». Entonces le retiró la pistola y tanto Nancy como los demás secuestrados respiraron tranquilos.
 
Entonces los encapuchados se metieron en la cabina de pilotos y comenzaron a hablar entre sí. Dos minutos más tarde daban la orden de que el avión despegara. Llevaban once pasajeros menos. La fuga había dado resultado y en tierra estaban, entre otros, el ingeniero de vuelo —que al caer se fracturó el brazo izquierdo—, los periodistas —que desde el primer momento trataron de escapar del avión— y Lloreda, junto con su esposa —que perdió el reloj—, los cuales fueron los últimos en saltar. Sin pensarlo dos veces, los fugitivos comenzaron a correr. Corrieron unos trescientos metros en línea recta por detrás de la cola, de suerte que cuando el secuestrador llegó a la puerta no los tenía en la línea de fuego para dispararles.
 
 
 Javier Robledo, gerente de Sam en Bogotá, firma sobre el yeso del brazo fracturado del ingeniero de vuelo, Germán Murillo
Javier Robledo, gerente de Sam en Bogotá, firma sobre el yeso del brazo fracturado del ingeniero de vuelo, Germán Murillo.
Foto: Revista Cromos.
Entre tanto, la situación para algunos de quienes escaparon no era del todo color de rosa: el ingeniero Jairo Morales se había estrellado contra el suelo al ser arrollado en la loca huida. Quiso levantarse pero no pudo. Un intenso dolor en las dos piernas fracturadas se lo impidió. El avión rugía ferozmente encima de él, con un ruido ensordecedor. Los motores estremecían la tierra. Sintió pánico. Cuando el avión empezó a moverse se sintió perdido, arrollado. Trataba de virar sobre él, o al menos así lo percibió. El hombre se arrastró. Trataba de clavar las uñas en el pavimento, cual garfios, para lograr algún asidero y desplazarse. En esas, como salido de la nada, apareció un carro pequeño. Se dirigió al avión ocultándose de la línea de fuego, siempre por detrás de la nave. Un hombre extranjero se arrojó del carro, puso al herido sobre unos cilindros y le dijo: «Quédese quieto». Más tarde fue atendido muy bien en una clínica de Aruba, junto con Guillermo Arboleda, que también resultó herido. 
 Jairo Morales es bajado en Barranquilla del avión que lo llevó de Aruba, donde permaneció hospitalizado algunos días
Jairo Morales es bajado en Barranquilla del avión que lo llevó de Aruba, donde permaneció hospitalizado algunos días.
Foto: Archivo El Tiempo.
El avión llevaba diez minutos de vuelo cuando Nancy informó que se dirigían a Guatemala. Eran las cuatro pasaditas de la tarde.
 
La nave voló unas cuatro horas y media. Volaba sobre el mar, hasta que oscureció y siguió volando como si nada, ya de noche. Cuando iba a mitad de camino, el capitán Lucena informó que los secuestradores mantenían su exigencia: la liberación de los presos políticos y 300.000 dólares. «No se preocupen —decía constantemente—. Estos señores sólo quieren que se les cumplan las exigencias… ¡no quieren hacerles daño!». Pero ¿quién les iba a creer?
 
Eran ya las diez de la noche cuando el avión aterrizó de nuevo en Aruba.  No pudo aterrizar en Guatemala, como estaba previsto inicialmente, ni en El Salvador, porque el capitán se enteró, por la frecuencia de ruta, de que el gobierno de este país no garantizaría la integridad de los pasajeros ni de la tripulación y además no ofrecía suministro de combustible. Como a las once el capitán Lucena volvió a hablarles a los pasajeros. Esta vez no parecía optimista, sino, por el contrario, abatido, como quien ha perdido una larga discusión: «Lamento tener que informarles a los pasajeros que el Gobierno nacional no acepta las peticiones de estos señores sobre el canje de prisioneros políticos y ha ofrecido sólo 50.000 dólares de rescate».
 
Los pasajeros estallaron de la furia. ¿Qué rayos sabía el Gobierno desde Bogotá lo que estaban pasando los secuestrados a bordo de ese avión? ¿Cómo diablos se atrevía a jugar así con la vida de ellos?
 
Los rehenes pensaron que los matarían. Pero los secuestradores eran más conscientes de lo que aquellos creían. Comenzaron entonces una discusión con el capitán Lucena que se extendió por media hora, más o menos. El jefe entraba en la cabina y salía de ella, paseaba muy nervioso y luego volvía a hablar con el capitán. De pronto, éste dijo por el micrófono: «Puedo informarles que el dinero que exigen estos señores será entregado dentro de muy poco tiempo». A los pasajeros les volvió el alma al cuerpo. El jefe salió entonces y les dijo: «Dentro de diez minutos quedarán libres». Y tras la negra capucha se adivinaba una sonrisa. Además, por lo que le dijo al comandante de la nave, era evidente que querían superar la marca de permanencia en el aire con un avión secuestrado: «Capitán, volaremos tres, cuatro, cinco o seis días… Ya superamos las 36 horas de vuelo… hemos batido el primer récord». Claro que el capitán Lucena también superó la marca de resistencia sentado al comando de un avión, en medio de un calor desesperante, sin comer ni dormir, ni ir al baño, pues los piratas aéreos no lo dejaban mover. Una marca en circunstancias absurdas que no quisiera repetir en su vida ni deseársela a nadie. La nave también superó el límite de fatiga en una operación aérea sin interrupción, y hasta ese momento estaba en perfectas condiciones.
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5 Comentarios

  1. Pedro Gracia julio 22, 2020 Responder
    • jairo payan septiembre 17, 2020 Responder
  2. NÉSTOR CLAVIJO julio 25, 2020 Responder
  3. Pedro Gracia octubre 21, 2020 Responder
  4. Pedro Gracia octubre 21, 2020 Responder

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