El secuestro aéreo más largo de Colombia

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Noventa Años de Aviación Civil en Colombia

En Guayaquil, leyendo la prensa

Allí les confirmaron a los pasajeros que el avión, en efecto, venía fallando. Por falta de lubricación del motor 4, el del extremo del ala derecha, tendrían que demorarse un poco. Pronto, una nube de mecánicos trabajaba en el motor. Entre tanto, subieron azúcar y unos emparedados que los pasajeros devoraron en segundos. También subieron la prensa, diecisiete ejemplares de un matutino de Guayaquil. Traía la noticia desplegada en primera página, y los secuestradores parecían muy contentos por la publicidad que se les hacía. Repartieron el resto de los diarios entre los pasajeros, que ya se alistaban para bajar en Guayaquil.
 
Hacia las 8.15 de la mañana, dieron de nuevo orden de despegar. Toda la alegría de la noche anterior en Aruba, cuando creyeron que iban a quedar libres, se les había esfumado a los rehenes. Tenían que seguir a bordo.  
 
Salieron para Lima. El vuelo duró tres horas. Ése fue el trayecto en el que los pasajeros menos hablaron entre sí. La liberación era algo que parecía alejarse a medida que el avión se iba adentrando en el continente. A eso de las 11 de la mañana, llegaron al aeropuerto Jorge Chávez.
El HK-1274 llega a Lima
El HK-1274 llega a Lima.
Foto: Revista Cromos.
En la capital peruana los atendieron muy bien: fue la primera ciudad donde les enviaron comida, comida de verdad, la primera que ingerían desde que fueron secuestrados. Un plato de carne, bastante leche, consomé, café y pasteles dulces. Los pasajeros comieron como locos, pues no dudaban de que los secuestradores fueran a seguir con ellos quién sabía hasta cuándo. En el fondo, estaban resignados.
Aquí se ve uno de los mecánicos trabajando en el fatigado motor 4.
       En la capital peruana, tanto el avión como los pasajeros fueron atendidos muy bien. Aquí se ve uno de los mecánicos trabajando en el fatigado motor 4.
Foto: Revista Cromos.
 Una de las azafatas sube una pesada caja de comida
Una de las azafatas sube una pesada caja de comida.
Foto: Revista Cromos.
Los secuestradores también comieron. Lo hacían lentamente, masticando muy bien cada bocado, tal como enseñan en el ejército, para «entonar» el martirizado estómago. Cuando terminaron, el jefe se paró y dijo, como quien no quiere la cosa: «Levanten la mano los que quieran bajar aquí…». Y veintitrés manos se levantaron. Todos los pasajeros se pusieron de pie. El señor nervioso hizo fila el primero frente a la puerta y todos lo siguieron. Guillermo Lombana era el número 13 de la cola. Entonces el jefe dijo: «Sólo vamos a liberar a diez… —y mirando la cola añadió:— salgan hasta aquí». Lombana sintió que la mano del encapuchado le tocaba el estómago. «¡Mier…! —pensó—. Nos quedamos…». Entonces Jiménez, que estaba detrás de él, empezó a hablar con el jefe. Nunca Lombana lo había visto tan convincente ni tan serio. Así que se unió a sus ruegos. Estaba desesperado y le suplicó de todas las formas posibles que lo dejara bajar. «Hágalo por mi mujer, que está esperándome en Palmira —le dijo—. Usted también debe de saber lo que es eso…», y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Catorce personas más quedan en libertad en Lima
Catorce personas más quedan en libertad en Lima.
Foto: Revista Cromos.
Los ojos verdes del secuestrador brillaron fugazmente mientras miraban a Lombana. Luego hizo un ademán con la mano derecha, algo así como «váyase». El secuestrado número 13 estaba libre. Se quedó frío, mirando hacia el frente. Jiménez no esperó más y se abalanzó a tierra, gritando, corriendo, saltando. Lombana dio un paso adelante, con cierta sequedad en la boca. Por primera vez en 47 horas veía bien la luz del sol, la recibía en la cara y sentía el aire fresco de Lima que le besaba el rostro. No echó a correr, no gritó, no dijo nada. Bajó el primer escalón. Giró la cabeza y vio los ojos verdes que seguían mirándolo tras la capucha, burlones, desafiantes, con aire triunfal. No supo por qué le dijo al secuestrador: «Adiós… y buena suerte…».
 
Miró hacia abajo. Iba por la mitad de la escalerilla y le faltaban unos cinco escalones. Entonces saltó a tierra, con toda la fuerza que aún le quedaba, saltó dando un grito, saltó con la inmensa emoción de sentirse vivo y libre. Cayó a tierra; se levantó con el sabor del asfalto en la boca y vio la cara de los nueve compañeros que aún quedaban en el avión y que lo miraban desde dentro con inmensa tristeza. Y los ojos verdes burlones aún brillaban tras la capucha. Eran las 11.20 minutos del viernes 1° de junio. Caminó aprisa, sin volver a mirar atrás, porque sabía que a lo mejor no podría resistir la tentación de devolverse y ver cómo terminaba la gran aventura.
 
 
Guillermo Lombana 
Guillermo Lombana, a su llegada a Cali después que fue liberado en Lima. Lo reciben, jubilosas, la esposa y la mamá.
Imagen: Revista Cromos.
 
Así las cosas, hacia las 12.15 del día el avión despegó con destino a Mendoza (Argentina). Y mientras el último grupo de pasajeros continuaba volando por el sur del continente en manos de los piratas aéreos y otros regresaban a Colombia con visibles muestras de cansancio, otro grupito permanecía aún en Aruba disfrutando de la playa y haciendo compras.
 
El largo recorrido por la Argentina comenzó a las 8.08 de la noche (hora local), cuando la nave aterrizó sorpresivamente en el aeropuerto internacional de El Plumerillo, en Mendoza, a unos mil doscientos kilómetros de Buenos Aires. Tras aterrizar, carreteó hasta quedar a unos ciento cincuenta metros de la terminal de pasajeros, sobre el sector militar. De inmediato, la Cuarta Brigada Aérea y policías provinciales y federales desplegaron en torno al avión un cerco de seguridad.
 
La incertidumbre creció al pasar los minutos, pues se apagaron las luces de la máquina. Sin embargo, se mantuvo la comunicación radiofónica entre la cabina de la nave y la torre de control y una vez más el comandante del avión tuvo que darle las gracias al gobierno local por todas sus atenciones, en nombre del Ejército de Liberación Nacional —así era en cada aeropuerto donde llegaban—, pues los secuestradores decían ser miembros de este grupo guerrillero, sólo para desviar la atención. El capitán Molina, entre tanto, presentía que de ésa no saldría vivo, pues varias veces le dijeron los piratas aéreos que si algo salía mal, los matarían uno por uno. Además, la situación se estaba complicando porque tardó en llegar una autorización del gobierno argentino para que se les suministrara combustible y se les permitiera continuar el vuelo libremente. Tras más de hora y media de aparentes negociaciones, a las 9.50 de la noche empezó el aprovisionamiento de combustible mientras el avión permanecía con dos motores en marcha. En esos momentos, personal de la torre de control, en diálogo con el avión, confirmó que éste tenía algunos desperfectos, entre ellos algunas fallas en el tablero de instrumentos, problemas de presurización y falla del radar.
 
Pero de un momento a otro se abrió la puerta principal del avión y descendieron los últimos nueve rehenes. Luego, tan sorpresivamente como había llegado, la nave partió a las 10.25 de la noche.
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5 Comentarios

  1. Pedro Gracia julio 22, 2020 Responder
    • jairo payan septiembre 17, 2020 Responder
  2. NÉSTOR CLAVIJO julio 25, 2020 Responder
  3. Pedro Gracia octubre 21, 2020 Responder
  4. Pedro Gracia octubre 21, 2020 Responder

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