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Viviendo la realidad de la Patrulla Aérea Civil Colombiana

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Escudo de la PAC

Gracias a la flexibilidad de las pequeñas aeronaves privadas que hacen parte de la PAC, muchos lugares de Colombia que a veces no aparecen ni siquiera en los mapas, se han visto beneficiados con brigadas de salud. La experiencia de acompañar a estos pilotos, médicos y voluntarios a uno de estos lugares en medio de maravillosos paisajes, es definitivamente única y tuvimos la oportunidad de hacerlo hacia la población de Orocué, en los llanos colombianos.

La única y verdadera forma de empaparse completamente de la mística de estos vuelos es teniendo la oportunidad de acompañar uno de ellos. Para quien la vive con el objetivo de verla como espectador, se trata casi de una aventura; una experiencia maravillosa que aumenta sus dimensiones cuando se piensa que una o dos veces al mes los miembros de la PAC toman parte de su tiempo y recursos para repetirla una y otra vez en distintos parajes de la geografía nacional.

Con el apoyo de muchas instituciones públicas y privadas, la PAC puede desarrollar su labor, pero a diferencia de algunas de ellas, donde el transporte de insumos y personal voluntario se hace en aeronaves de mediano y gran tamaño, los vuelos de la PAC tienen como núcleo principal los aviones pequeños y privados de pilotos que buscan con esta tarea ofrecer algo de prosperidad a quienes lo llegan a necesitar.

Cerca de 50 aeronaves y casi el mismo número de pilotos, con más de 400 voluntarios adicionales, han surcado los cielos colombianos transportando médicos de todas las especialidades en misiones que tardan meses de planeación con el concurso de las autoridades públicas y privadas del municipio que será atendido. Gracias al aporte económico de todos estos actores, los cerca de $400 millones de pesos que cuesta realizar en promedio cada brigada son recaudados e invertidos en insumos, equipos médicos y demás necesidades básicas que requerirán los especialistas en sus labores.

La misión comienza meses atrás, con visitas de grupos de avanzada que inician los procesos previos de autorizaciones, papeleo y organización, para poco a poco ir obteniendo los insumos médicos que, en el caso de Orocué, son transportados por tierra. Una vez organizados en su mayoría, los aviones entran en acción, sirviendo de puente aéreo entre poblaciones y transportando cientos de personas que, de movilizarse por otros medios, tardarían mucho tiempo y llegarían en condiciones poco ideales para la realización de complejos procedimientos quirúrgicos.

Los vuelos de algunas horas de duración recorren escenarios que impactan por su belleza. Volar hacia el oriente colombiano a poca altura permite distinguir la quebrada geografía del piedemonte llanero fundiéndose con la planicie interminable de la región de la Orinoquía. El aterrizaje en el pequeño aeropuerto de Orocué, bordeado de ríos y árboles e iluminado con el cálido sol del atardecer, alimenta de emociones y ánimos para la labor que se emprenderá.


No bien llegan, los especialistas comienzan su tarea. Sorprende ver cómo en tres días los voluntarios de la PAC llegan a atender a miles de habitantes de regiones donde la belleza del paisaje contrasta con la enorme pobreza y ausencia de servicios básicos de calidad en materia de salud o vivienda.
Los médicos especialistas llevan a cabo maratónicas jornadas de atención en lugares que sirven perfectamente como consultorios, hospitales, salas de cirugía o de recuperación provisionales con estándares de calidad adecuados para los pacientes.

Los corredores de las instalaciones donde se llevan a cabo las actividades médicas bullen de actividad con los cientos de mujeres, hombres, niños y ancianos que aprovechan los servicios de la patrulla. Oír sus historias es percatarse de duras realidades que afrontan día a día: una citología que implicaría horas de viaje y altos costos de movilización, es realizada rápidamente en la población, ahorrando traumatismos a una próxima madre con pocos recursos. Una octogenaria mujer con problemas de visión y que tendría que esperar semanas y meses para ser atendida dentro del sistema nacional de salud luego de desplazarse por horas en una carretera en mal estado, puede acceder a los servicios básicos que le permitirán mejorar su vista evitando tantas incomodidades. Y así son cientos y miles las historias que se repiten.

Pero no sólo se trata de la mejora en salud de cada paciente. Tal y como afirma Enrique Martín Poveda, Director de Logística de la PAC, estos servicios “operan un entorno”, es decir: la mejor salud de un padre, una madre, un abuelo; repercutirá directamente en su familia, en su campo laboral y del diario vivir, permitiéndoles ser más productivos en sus actividades, con la consecuente posibilidad de aumentar su calidad de vida.

La mirada de agradecimiento de los habitantes de Orocué que son visitados por los voluntarios de la PAC enternece y llena el corazón. “Gracias Doctor/a” es una frase repetida hasta el cansancio. Llega la noche y las labores no terminan. Uno tras otro son llamados los pacientes que recibirán tratamientos o cirugías que terminan temprano en la madrugada, luego de horas continuas de trabajo.


Las 3 o 4 de la mañana marcan el comienzo del proceso postoperatorio para quienes han sido atendidos y los médicos pueden descansar un poco antes de permitirse unas horas para compartir con sus pacientes y complementar las recomendaciones de reposo y recuperación. A falta de un espacio dotado adecuadamente y de personal de salud idóneo, en Orucué la PAC aporta tecnologías de comunicación para poder monitorear a los pacientes durante semanas.

Una ducha, un desayuno, un almuerzo y el compartir con los habitantes, son los últimos momentos antes de la partida. Los aviones, que en la noche anterior estuvieron uno junto al otro en la pequeña rampa, comienzan a despertar con la luz del amanecer llanero y los motores cobran vida para una nueva jornada de vuelos continuos retornando a quienes ya dieron vida a más colombianos.

Tal y como lo afirma Camilo Gutiérrez, Presidente de la Junta Directiva de la PAC: “Cada viaje es realmente una experiencia increíble, llega uno renovado después de un fin de semana de estar ayudando y eso es lo que tienen todos los voluntarios.”

Es un círculo valioso en el que el trabajo de unos permite a otros tener una mejor calidad de vida y en retribución, la satisfacción del deber cumplido da fuerzas para continuar aportando.

Con las horas de vuelo rumbo a casa, finaliza una jornada más de ayuda de la PAC, quedan en la memoria los paisajes, los sonidos, los olores de una región tan diferente de la realidad de muchos colombianos, pero desafortunadamente muy similar a la dura realidad de tantos otros.

Pero por encima de todo, quedan las voces de quienes han podido ser atendidos, voces de agradecimiento por una labor desinteresada que, gracias a las alas de pequeños aviones, puede llevarse a cabo. Pequeños aviones que se vuelven grandes con el espíritu de sus ocupantes y el sentir de sus beneficiados.

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